La oveja blanca de mi abuela

Más que los castigos, los sermones, las reglas impuestas por los demás, incluso las buenas lecturas: es el amor lo que hace sensible la consciencia y la abre a la verdad para formarse en ella.

En mi trabajo de ejecutivo, muchas veces he tenido que viajar en avión y más de una vez he sentido  tensión  cuando la nave ha entrado en una turbulencia, sacudiéndose. Suelo entonces poner atención a las maniobras del piloto y las capacidades de la nave para sortearla y volver al vuelo sereno y seguro.

A mis 36 años sigo enfrentando mis propias turbulencias interiores, pero como piloto experimentado, uso la potencia de mis facultades para elevarme sobre ellas.

Algunas veces con ciertos recuerdos.

Nadie, ni yo mismo sabía que nací con baja capacidad auditiva y visual, mismas que me causaron bajo rendimiento escolar e incapacidad  para seguir instrucciones; eso me hizo ser objeto de burlas  en el barrio, compañeros de escuela; castigos de maestros y dolorosa relación con mis padres, que de suyo, ya eran de trato duro.

Incapacidades físicas, limitaciones económicas y afectivas en la familia, más vivir en un barrio pobre y violento,  eran para mí una adversa realidad en la que me volví retraído y muy susceptible a la pérdida de control de mis emociones. Cuando me enojaba  nada ni nadie me importaba, logrando de esa manera que se me temiera por mis reacciones, algo que  infantilmente llegue a considerar  “mi fortaleza”.

Muchas veces escuche decir que era la oveja negra de la familia,  llegando a creerlo, sintiéndome  sin esperanza y sin ningún talento, tanto que llegue a temer lo peor: que a una oveja negra solo le puede esperar un… negro destino.

Al llegar a la adolescencia sintiéndome en ocasiones vulnerable, veía como me rondaban los fantasmas del fracaso escolar, las drogas, la violencia, la desintegrada sexualidad…

Así las cosas, mi abuela materna fue mi brillante faro de salvación, cada vez que me asaltaba un temor,  fracasaba, era castigado o mal señalado, acudía a ella como el ser  que me quería  y deseaba todo el bien posible para mí; mi pleno desarrollo, mi dicha profunda. Que me amaba desde el fondo de su corazón, con gran sinceridad.

Con sus escasos recursos me regalo mis primeros lentes y auxiliares auditivos, pero más que nada  lo mejor que recibí de ella fue el don de ver lo bueno que había en mí, lo que me dio siempre un espacio para respirar y vivir, pues supo descubrir lo que yo quería expresar con mi comportamiento erróneo.

Cuando me lamentaba de mis pobres resultados en algo, me decía cosas como: — “Toño, lo importante es que te ocupes primero en ser bueno,  el éxito empieza por ahí”. O cuando mostraba mis resentimientos: — “tan importante es evitar el mal, y cuando se recibe no devolverlo; como importante es hacer el bien y propagarlo”.

—Eso y solo eso —me recalcaba—,  te enseñara el camino para vivir plenamente.

Me enseño  a hacer  oración  terminando con  la petición: “Muéstrame Señor lo que he hecho mal para corregir y lo que he hecho bien para hacerlo mejor”.

Así, más que los castigos, los sermones, las reglas impuestas por los demás, incluso las buenas lecturas: fue su amor lo que hizo sensible mi consciencia y la abrió a la verdad para formarme en ella, por lo que poco a poco fui superando la desesperación  de quien desesperadamente  busca ser el mismo, sin saber ni cómo.

Han pasado los años y he logrado con esfuerzo un cierto desarrollo profesional y económico… me ha ido bien en este aspecto, pero sé muy bien que no es lo mismo esta clase de éxito que la plenitud de que me hablaba mi abuela; la plenitud de quien amando al mundo no  se pierde en lo mundano, conquistando espacios de libertad y la paz interior para amar cada vez más.

“Muéstrame Señor lo que he hecho mal para corregir y lo que he hecho bien para hacerlo mejor”.

Mi abuela me enseño cuán importante es sostenerse en la lucha por ser un poco mejor cada día. Que cada amanecer puede ser más bello que el del día anterior, si lo vemos con ojos cada vez más limpios, y que ese es el mejor uso que una persona puede hacer de su libertad.

“Tan importante es evitar el mal, y cuando se recibe no devolverlo; como importante es hacer el bien y propagarlo”.

También me ayudo a comprender que cuando no somos capaces de ver la bondad en el otro, le hacemos un grave daño, pues a través de un  trato injusto podemos hacer que deje de crecer como persona.  Que bien se puede afirmar, que de esa manera  se provoca la muerte en sentido psicológico y espiritual.

Que  se puede matar realmente  con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, negando el perdón.

Que no hay ovejas negras cuando el camino es ayudar, aceptar, tolerar y amar sin negociar el bien para expandirlo, siendo la mejor manera de educar a los hijos ante cualquier dura realidad que puedan enfrentar.

Esa y no otra es la estrategia fundamental para prevenir en ellos situaciones de riesgo, para que desarrollen la responsabilidad con respecto a las drogas, sexualidad y  violencia que pueden enfrentar en su entorno.

También para que busquen la plenitud sobre el éxito que el mundo tanto celebra.

Por ello, los padres debemos lograr un ambiente familiar donde pongamos límites sin violencia, manejando positivamente nuestros enojo, frustración, estrés o tristezas. A resolver problemas familiares con eficacia, disciplinando sin desgaste, fomentando una autoestima sólida en ellos, mientras preservamos la propia.

Mi abuela vivió duras pruebas y tuvo una muerte serena y tranquila… era lo justo  pues nada le impidió creer y esperar en Dios con la plenitud del amor en su corazón.

Redactado por Orfa Astorga de Lira.

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Este artículo lo publicamos originalmente en https://es.aleteia.org/2017/08/01/la-oveja-blanca-de-mi-abuela/

 

 

 

 








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