Hasta que el dinero nos separe

El nuestro era un pobre matrimonio reducido al concepto de  una empresa cuya rentabilidad garantizaba nuestra unión.

Testimonio.

Mi esposo y yo comenzamos nuestro matrimonio con dos tarjetas bancarias en donde nos depositaban nuestros respectivos sueldos como empleados, a la vez que con un acuerdo sobre quién se haría cargo del pago de tales y cuales servicios de la casa. También sobre el equipamiento de la misma, el pago de la hipoteca y ciertos imprevistos.

Al final del mes cada quien terminaba con un saldo en la tarjeta “que era suyo” y podía disponer de este como quisiera, ya fuera ahorrándolo o gastándolo.

Nos amábamos, ambos estábamos satisfechos y orgullosos de esa forma de ver nuestro matrimonio y organizarnos, aunque apareciesen en nuestros diálogos  expresiones como: “tu coche”; “la sala que compre”; “tu televisión”; “tus cortinas”;  “mis cosas”.

Eso era para nosotros la sana y conveniente manifestación de nuestras individualidades.

Luego, con mucho esfuerzo fuimos aumentando nuestros ingresos así como la respectiva capacidad de ahorro, por lo que nos decidimos con mucha cautela  reunirlos, y hacer inversiones en bienes raíces que resultaron muy exitosas.

Compartíamos las cosas de tal manera que  lo “tuyo” y   lo “mío” eran entonces parte de un intercambio que interpretábamos como manifestación de nuestro amor y complementariedad, aunque seguíamos siendo celosos en la separación de los bienes.

Estábamos satisfechos por todo lo logrado juntos, sin cuestionarnos si éramos realmente felices.

Creímos llegar a  la cumbre del sueño de muchos matrimonios  cuando construimos nuestra residencia en la zona más cara de la ciudad. Igual cuando obtuvimos una membresía en el más exclusivo club,  y accedimos a los mejores colegios para nuestras dos hijas; viajes al extranjero; compras en las mejores tiendas y un materialista  etc. que nos engullía cada vez más.

Con esta clase de éxito creímos obtener cosas como: autoestima, seguridad, reconocimiento social y un futuro prometedor para todos, lo cual no fue posible, porque lo  que hacíamos era afirmar nuestras individualidades al margen de que el matrimonio es una comunidad de vida y amor cuya esencia no proviene de lo material.

Éramos como un solo tallo, solo que con dos raíces distintas.

Visto así, el nuestro era un pobre matrimonio reducido al concepto de  una empresa cuya rentabilidad garantizaba nuestra unión. No fue así, pues en vez de un amor incondicional, lo que hicimos es dar cabida a la desconfianza, pues entre lo “tuyo y lo mío”, el tema del dinero cada vez más nos incomunicaba, separándonos, desuniéndonos, aislándonos.

El rompimiento estaba servido y terminamos hablando de divorcio  con un tono de profunda amargura, y aunque fue de mutuo acuerdo,  terminamos en un juicio en el ambos queríamos  “salir ganando”  sin darnos cuenta de que en realidad lo estábamos perdiendo todo.

Pienso que los dos jamás  lo hubiéramos querido, pues terminamos haciéndonos un daño irreparable.

Han pasado los años y he asistido a cursos para matrimonio y familia, más que nada motivada por saber aconsejar a mis hijas desde la perspectiva de mis propios errores.

Aquí lo  fundamental sobre la madurez del amor conyugal a la que no accedimos mi ex esposo y yo.

  • Existe una individualidad en cada cónyuge que debe ser sanamente preservada, pues aporta la riqueza que solo en esa persona existe.
  • A partir de esa individualidad puede entonces existir el mundo del matrimonio en el que se comunican y dan en reciprocidad amorosa, es decir en el que se complacen en el dar y corresponder.
  • Pero en rigor no se ama verdaderamente, si ambos no engendran una unión que los incorpora y los trasciende sin destruir sus individualidades. Una unión más allá del de la sola complacencia en la reciprocidad, como una forma de ser el uno con el otro que los hace crecer y  cambia en sus cualidades.

Uno solo no “construye” el amor, ni siquiera dos “lo construyen” si el amor que “construyen “son solo acciones como lograr el dinero, tener propiedades o disfrutar de los placeres de la vida, pues todo eso no implica la necesaria trasformación en el propio ser. Dicho de otro modo, el amor no se construye desde  proyectos humanos que no son malos de suyo, sino que se logra solamente desde la abnegación virtuosa que hace morir el egoísmo para darse enteramente al otro.

Ahora pienso que todo comenzó desde nuestro noviazgo y nunca pensamos en cambiar, quizá porque ambos recibimos una educación que inadvertidamente se integró muy consistentemente en nuestra forma de ver la vida.

Y que llegamos al matrimonio con un concepto erróneo del mismo.

Por Orfa Astorga de Lira.

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