El tiempo del amor

Un testimonio que nos comparte que el amor se define más por su intensidad que por su extensión. Es lo que nunca pasa entre todo lo que nos pasa.

 

Mi hijo nació con grave insuficiencia cardiaca y  los médicos fueron claros conmigo, tenía escasas posibilidades de sobrevivir, prácticamente nulas.

Y se aferraba a la vida con cada respiración.

Mi esposo y yo teníamos rentada una  habitación muy cerca del hospital donde se le atendía, y nos turnábamos para intentar descansar un poco. En el ir y venir de ese corto trayecto,  nos envolvían las luces  y  ruidos de los afanes de un mundo al  cual  nos encontrábamos sustraídos, y  en el que, ahora lo vemos con claridad,  se  enmarca el hecho que un día venimos al mundo y otro nos habremos de ir, pero que  no acaba de explicar los comportamientos en el amor. Sobre todo los más extraordinarios y magníficos, es decir los más humanos, como cuando somos tocados por el dolor.

De eso estaba siendo testigo en aquel hospital de especialidades, donde se atendía a niños con diferentes enfermedades en situación delicada, crítica y en fase terminal, cuando  por las noches caminaba rezando por los pasillos, desde los cuales, a través de ventanales podía ver a los padres acompañar y velar a sus hijos arrullándolos con canciones, murmurándoles cuentos, acariciándolos y sonriéndoles. Algunos de ellos, como yo, sabían que las horas iban consumiendo inexorablemente el corto tiempo de su infantil existencia.

Fueron  días con sus noches en  que me aferré a la esperanza en los medios de la ciencia y en el poder de la oración, en la que en un principio pedí con humildad, para luego sorprenderme exigiendo un milagro en la angustia de desesperanza, negándome a dormir mientras mi hijo respirara, vigilando su aliento.

Fue en el silencio de  altas horas de la noche, que una experimentada enfermera me dijo que al principio su trabajo le había parecido muy duro, pero que luego había comprendido que era un privilegio, pues esa torre hospital era como una gran antena que atraía oraciones de muchas partes del mundo, para luego retrasmitirlas a lugares donde más se necesitaba,  esparciendo el amor de Dios que había sido convocado por el dolor y la fortaleza de los padres.

Fortalecida por la profunda  certeza de la verdad de sus palabras y  plenamente abandonada a la voluntad divina, conté  los días, minutos y segundos hasta el momento en que  imperceptiblemente la angelical alma de mi hijo abandono su cuerpecito.

Mi pequeño se fue  físicamente, pero como seguramente a otros padres en esa torre, el milagro de su vida me había sido concedido  y fue develándose poco a poco como insondable misterio.

Mi hijo fue un chispazo de luz  en una minúscula extensión de tiempo, que ilumino con claridad que el amor se define más por su intensidad que por su extensión. Una intensidad por la que mi esposo y yo nos sentimos capaces de amarlo completa, profunda y verdaderamente.

El milagro  de la vida de mi hijo se nos había  sido concedido desde el instante mismo de su concepción,  porque  dentro del tiempo y espacio que las personas conocemos en lo ordinario de nuestra existencia, existe un “además” en otra dimensión, capaz de saltar al infinito y que ante una visión plana de la existencia, permite apreciar el relieve de las cosas y con ello su verdadero peso y volumen.

Y ese   “además“  es el amor humano reflejo del amor divino.

Es por eso que  existe un tiempo para nacer y otro para morir que debemos diferenciar, interpretar y apropiar, porque contiene en su interior un tiempo y un espacio únicos para el amor que pasa y no se pasa,  y por el que nuestro pequeño vive y vivirá siempre en nosotros ocupando la posición de un hijo más al que siempre amaremos y que estará esperándonos en el cielo.

Mi clamor y mi oración siempre fueron escuchados.

El amor trata de una especial conformación de nuestro ser en medio de cualquier espacio y tiempo y circunstancias. Es decir hay una forma de tiempo y de espacio dentro del amor humano que se sustrae   a ser una extensión de las cosas que nos pasan en el mundo que nos rodea. Es lo que nunca pasa entre todo lo que nos pasa.

Eso obra el milagro de existir para amar y ser amados.

Por Orfa Astorga de Lira.

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