Diferencia entre ser independiente y ser autónomo

Ser autónomo es mucho más que no depender económicamente de alguien.

Para Enrique, había  quienes pensaban que el dinero mueve el mundo, otros que lo hacia el amor. Pero en su caso la principal motivación era si, el amor… pero el amor al dinero. A sus amigos  presuntuosamente les decía que  la felicidad se encontraba en las cosas pequeñas y que la suma de ellas hacía la felicidad: una pequeña fortuna, un pequeño yate, una pequeña residencia, un pequeño lote de autos nuevos…

¿Porque y como había adquirido esa mentalidad?

Creció en un hogar desintegrado con muchas carencias materiales y afectivas y nadie de quienes  lo conocieron creía que saldría bien librado en la vida, ni siquiera sus padres, así que su gran afán fue demostrar al mundo que estaban equivocados; lo que lo convirtió en el esclavo de un pasado que lo hacía depender del reconocimiento y la opinión ajena como alimento de su vanidad, aunque en el fondo le importaba un comino lo que pensaran de él,  siempre que ello no se tradujera en obstáculo para sus intereses.

Había trabajado mucho  y disfrutaba   de la libertad que da el dinero para hacer las cosas  sin depender de nada ni de nadie, al menos eso creía. Independencia  que para él era sinónimo de una  “madurez” que lo llevo al desinterés por las personas, pensando que las relaciones afectivas creaban una dependencia se debía evitar,  pues eran un estorbo para la realización personal, por lo que se encerró en una torre de marfil con un individualismo tal, que no tenía amigos, solo intereses; no veía personas, sino peldaños.  

Tal vez por ello, pensaba en el matrimonio como parte del expediente a cubrir, y contaba con un grueso código sobre su ideal de mujer: guapa, inteligente, exitosa, de atractiva personalidad etc., etc.  Se trataba de características rigurosas como cuando compro su primer coche.  Alguien que igual llamaría la atención y por quien lo habrían de envidiar.

Afortunadamente, cuando aún pensaba de esa manera no llegó a contraerlo.

Había en él una fatiga interior, un desasosiego por estar constantemente  pendiente de hacer la mejor jugada   y lo políticamente correcto,  sin importar lo que más le gustaría hacer en  lo personal, se lo decía una apagada pero audible  voz interior.

Fue entonces que sobrevino el accidente automovilístico que le dejo una parálisis por lesión de columna que lo postró dos años en una silla de ruedas,   empezando un lento y penoso aprendizaje por el que pudo valorar la gran diferencia  entre independencia y autonomía, dos fundamentos de la auténtica libertad.

Independencia en el orden práctico  significa “hacer las cosas por ti mismo sin depender de los demás” cosa que no acaba de ser del todo posible, pues vivimos en sociedad.

Un ejemplo de independencia seria: saber y poder hacer un puente para cruzar un rio nos hace libres respecto del mismo.  (El río puede ser el emprender la propia empresa, aprender a conducir un coche, aprender un idioma, etc., etc.)

En cambio, autonomía es “la capacidad de actuar libremente y de elegir nuestras opciones a partir de los valores personales”.  Aquí se encuentra la razón o motivo que nos llevó a querer cruzar ese rio y manifiesta nuestra irreductible  libertad interior.

Enrique nos cuenta:

Faltaba en mi vida  ser autónomo  y saber compartir en el encuentro personal con los demás desde esa intima libertad.

Empecé   a descubrirlo cuando después del accidente, dependiendo de alguien para mis necesidades más básicas, de pronto me sentí  como un carruaje sin motor que había terminado de descender toda una  pendiente  conformada por el dinero, las cosas materiales, el reconocimiento de los demás… y se había detenido. Un carruaje al que le faltaba un motor propio que le diera autonomía para seguir avanzando y poder  subir cuesta arriba en los momentos difíciles de la vida. En mi minusvalía, me faltaba la fuente más vital, más vivificante de la vida humana, la que da la verdadera autonomía.

Para no derrumbarme,  junto con la fisioterapia empecé también mi  propia terapia del alma que me permitió  conocerme y amarme a mí mismo, ya no enfermizamente, sino con humildad. Poco a poco desarrolle mi propio motor interno.

Finalmente pude caminar y desempeñarme con normalidad,  pero ya no era el mismo… para bien.

Ahora pienso que si alguien  no puede lavarse los dientes por sí mismo, no significa que no pueda aportar riqueza personal o llegar a casarse; que independencia no es sinónimo de autonomía. También pienso que muchas personas aparentemente sanas,  en realidad son cuadripléjicas espirituales por no ser real y verdaderamente autónomas.

Recomencé mi vida y me case a Dios gracias con una madurez por la cual valore y estimule la autonomía de mi esposa, recibiendo de ella a cambio el don de su amor libremente comprometido. Un don al cual accedí no ya por el amor al dinero del que tantas cosas materiales había obtenido, sino por el auténtico amor personal como mayor motivador interno, el más fuerte motor de la vida.

La persona que actúa con autonomía es alguien con la capacidad  de decidir por sí mismo, qué se hará o cómo se enfrentará  a cualquier situación, independientemente de contar con la posibilidad de poder ejecutar esas acciones por sí mismo.

Sobre todo, encuentra en su interior las fuerzas que lo motivan ante las pruebas, haciendo brotar la fuente de la eterna juventud espiritual hasta el último instante de su vida.

Stephen William Hawking el eminente físico Británico es un ejemplo de  máxima autonomía  en medio de la interdependencia y dependencia extrema.

Por Orfa Astorga de Lira.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

 

Este artículo lo publicamos originalmente en http://es.aleteia.org/2017/03/28/sabes-cual-es-la-diferencia-entre-ser-independiente-y-ser-autonomo/








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