Detrás de un gran hombre, no siempre hay una gran mujer.

En el matrimonio ninguno de los cónyuges puede ser un medio para el otro.

Dos cortas historias.

Isabel.

Respondí  a las exigencias de mi esposo  de no embarazarme, estar delgada, asistir  al gimnasio y vestir muy bien para las reuniones sociales a   las que me llevaba.  Al principio me agradaba que me pidiera acompañarlo hasta que me fui dando cuenta de que no lo hacía por mí, sino solo por llamar la atención a su alrededor, incluso me instruía y asesoraba sobre cómo comportarme y hablar según el tipo de reunión a la que asistiría y en la que quería destacar, siendo yo su carta de presentación en el papel de mujer bella, inteligente y virtuosa.

Era entonces que en tales eventos actuaba como un hombre enamorado y feliz, papel que dejaba cuando regresaba a nuestra casa con simulada indiferencia; pero llego un momento en que ya no me importó y lo que he hecho entonces ha sido entrar en su juego condicionándolo a que me comprara  vestidos, perfumes y accesorios caros, entre otras cosas, pues le va muy bien en su profesión y yo he sido su instrumento.

Estoy consciente de que me desvalorice y ahora dudo mucho que me ame, pues me trata como a un objeto. Nada de eso me importa ya con tal de que me dé buena vida.

Andrea:

Trabajando  de medio tiempo y cuidando de dos pequeños, me daba tiempo para  atender a mi esposo respondiendo a todas  sus exigencias, sobre todo por tener su ropa muy arreglada y vestirse lo mejor posible cuando  asistía a reuniones sociales o de trabajo. Me dolía cuando con muchas excusas siempre evitaba que lo acompañara. En uno de mis reclamos, me contesto sin cuidar su impertinencia, que lo hacía porque había engordado y tenía además la limitante de no contar con ropa apropiada para tales eventos. Ahora  pienso que realmente consideraba era que mi presencia no le convenía  y que dudaba de la forma en que me conduciría.

Cada vez es más indiferente, no se comunica más que para pedirme que le sirva y no le interesa lo que siento o   pienso, aun cuando intento comunicárselo. Es entonces que frustrada  comienzo a decirle cada vez peores groserías.

Le ha ido bien, pero ha hecho de mí una persona muy insegura y tengo depresiones,  por lo que he descuidado  mi aspecto en general. Se queja mucho de mí pero no le veo el caso cambiar…  así que me aguante y que ese sea su castigo.

La instrumentalización en el matrimonio

En el matrimonio ninguna mujer o varón puede ser un medio para el otro.

Si un cónyuge logra que la otra persona sea indigna al tratársele como un medio, después se le hace muy difícil querer lo que es indigno porque él mismo así lo hizo, y de continuar queriéndolo, forzosamente querrá a una persona indigna, degradada e instrumentalizada, mientras no se decida a rectificar el daño causado. Cuando eso no sucede, el instrumentalizador a su vez se denigra a sí mismo, privándose de su  propia capacidad afectiva.

Por la instrumentalización los cónyuges se tratan mal y pueden terminar haciéndose daño entre ellos mismos, esto generara un mecanismo de retroalimentación negativa, por la que ambos pueden acabar arruinados, aislados y solos. En definitiva se extingue la comunicación entre ellos, a la vez que se disuelve y desaparece el amor que los unía.

Por el contrario:

Si  en el matrimonio se trata al otro como lo que es, un fin en sí mismo. Es decir,  si se desea y se hace  su bien, eso precisamente es lo que lo ayudara a mejorar,  convirtiéndose cada vez en un mayor bien.

Y como la voluntad humana está hecha solo para querer el bien (aunque la persona busque  “bienes” equivocados), en esa medida se amaran.

Es por ello que los esposos deben aprender a conducirse sensatamente, esforzándose por adquirir virtudes que les ayuden a respetarse mucho y  comunicarse con toda delicadeza y afecto,  asegurando así que su armonía vaya en aumento y se mejore constantemente la calidad del propio amor.

De esa forma la felicidad del otro  se convierte a su vez en la felicidad de quien la promueve, pues su voluntad, su querer, estará tanto más satisfecho en la medida en que haya contribuido a ese “plus” adicional de, haciéndole el bien  a su cónyuge, lo ayuda a ser bueno como persona, lo mejor posible.

Existen diferentes formas y grados de instrumentalización, pero siempre habrá esperanza de corregir el rumbo antes de que pase demasiado tiempo, ya que el cónyuge instrumentalizado no deja de ser enteramente libre por el hecho de que erróneamente se haya dado en favor de su instrumentalizador.

Por lo tanto le corresponde no permitir que ese abuso e injusticia continúen como cosa sin remedio, esforzándose  por experimentar de esa manera el peso de la responsabilidad de ser el mismo, antes de que sea demasiado tarde. Para  ello es necesario romper patrones negativos heredados, adquirir seguridad, reclamar lo justo de un amor al que se tiene derecho.

De ser necesario, debe pedir ayuda especializada que le enseñe a comunicarse asertivamente, es decir, a  aprender a decir lo que se piensa, lo que le afecta y siente sin recurrir a la violencia verbal u otras actitudes que denigren.

Lo que piensa, lo que siente y lo que le afecta debe siempre hacer referencia al deber ser del matrimonio y el amor conyugal.

Por Orfa Astorga de Lira.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org








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