¿Crees que tu esposo(a) volvería a casarse contigo?

Reconocer errores instalados en el matrimonio , y a partir de ello  encontrar el antídoto.

 

Hace un año impartí un curso sobre amor conyugal a matrimonios, en el que por su estructura y dinámica, en ocasiones se separaban a los varones de las mujeres. Cuando trabajaba solo con los varones, estos la estaban pasando en grande, hasta que se les hicieron dos preguntas por escrito,  solicitándoles marcar con X la opción de su respuesta, así como no poner su nombre. Se les dio un día para pensar, responder y depositarla en una urna, pidiéndoles  enfáticamente que fueran muy, muy sinceros. El anonimato lo facilitaba.

Primera pregunta: Si volvieras a nacer y recordando con mil detalles toda tu vida matrimonial ¿te volverías  casar con quien hoy es tu esposa?

Opciones:    Si  (  )      No  (  )    No lo sé  (  )

Segunda pregunta: Si tu esposa volviera a nacer y recordando con mil detalles toda su vida matrimonial ¿se volvería a casar contigo? ¿Cuál crees que sería su respuesta?

Opciones:   Si  (  )     No (  )     No lo sé   (  )

Amplias sonrisas de convencimiento cuando les informé que a la primera pregunta más del 90% había contestado afirmativamente. Luego en el salón se podía oír el vuelo de una mosca cuando les dije que en la segunda pregunta, poco más del 80% habían marcado la opción de respuesta  que su esposa elegiría con: No lo sé, y el resto, con No. Eso ponía en evidencia que la mayoría de los asistentes no estaban pasando precisamente por su mejor momento como esposos, y eran más o menos conscientes.

Admitido el hecho, el comentario general fue que ellos siempre trataban de reparar sus errores y mejorar la relación con promesas, regalos, flores, invitaciones a cenar y eventualmente barriendo o lavando los platos, entre otras cosas. Pero siempre a reacción, es decir  tapando el pozo después de ahogado el niño.

Así las cosas  no lograban ser felices ni hacer felices a sus esposas, lo que con los años de matrimonio ya era para preocuparse… y ocuparse.

Concluimos  que al no existir causa verdaderamente grave que les hiciera difícil el resurgir de la duda sobre el amor de sus esposas, era entonces que habían que empezar por considerar que muy posiblemente habían dado cabida a muchos malos hábitos en su yo interno, que afectaban la relación con sus esposas, y que era ahí donde se debían dar los cambios.

Que eso y solo eso los haría dejar de reaccionar, para pasar a ser realmente los protagonistas de su amor, provocando que este se rehiciera, creciera, fortaleciera. Les explique que nada más ni nada menos se trataba de luchar en un terreno en el que las victorias sobre ellos mismos solo Dios las conocería.

¿Difícil?… por supuesto, bien se dice que la soberbia muere tres días después de que muere la persona, tan es así, que los participantes manifestaron que estaban acostumbrados a trasladar  culpas cuando en las crisis desaparecía la parte angélica de su relación. Lo que real y verdaderamente no dejaba de ser otra cosa que atentar contra la vida emocional y la autoestima de su amada esposa.

Se trataba entonces de aprender a implicarse verdaderamente en su amor  con cambios que había que vivir y sentir verdaderamente. Y que de no ser así, entonces no habrían aprendido nada.

Se les propuso entonces intercambiar sus experiencias sobre errores en los que consideraban estar instalados, y a partir de ello  reconocieran el antídoto. Luego enunciar ellos mismos unos principios por los cuales lograr cambios en sus actitudes, que se deberían notar en forma leve y contante, como el latir del corazón.

Algunos de estos principios fueron:

  • No reaccionar impulsivamente ante lo que nos contraria en las actitudes de nuestra esposa, eso casi siempre hace daño. Las cosas y los sucesos con el tiempo adquieren una relativa importancia y tarde nos podemos dar cuenta de que no valía la pena el disgusto, el juicio, la falta de respeto.
  • Nunca asumir el papel de víctima, y si lo somos, que sea por amor, y sin que se sepa.
  • No admitir que los malos pensamientos o juicios negativos sobre ella queden instalados, aunque aparentemente hubiera fundados motivos. Si así fuera, nuestro amor no la haría crecer.
  • Sin ofender, en algunas cosas necesariamente deberé corregirla en el momento. Pero siempre que sea posible esperare al día siguiente o más, para serenarme, corregir mi intención y hacerlo con cariño. Siempre en base a valores compartidos.
  • Perdonar siempre, pronto y acariciando. Luego sonreír y dar vuelta a la página sin dar consejos. Confiar en que ella sabrá rectificar.
  • Cuando sea yo el que pida perdón, no dejare de hacer propósitos concretos para superar el motivo y luchar por ello. En el amor, más que ser exigente con ella, debo serlo conmigo mismo.
  • Que sea ella la primera en recibir mis buenas noticias. Las malas, siempre que pueda las llevare en solitario y con mucha paz, es lo correcto y además… lo justo.
  • Buscare hacer la diferencia en cada día con algún detalle de amor. Que quien es fiel en lo poco, lo será fiel en lo mucho.
  • Me deberá gustar más lo que a ella le gusta, solo por verla feliz.
  • Me esforzare por motivar su amor haciendo ejercicio, comiendo saludablemente, durmiendo bien, descansando.
  • Igualmente me esforzare por adquirir nuevos atractivos como: leer sobre temas serios e interesantes, escribir, adquirir una nueva habilidad, ser mas sociable.
  • Renovare mi espíritu cultivando mi fe.

Trascurrido el tiempo, para darle seguimiento a los principios enunciados,  me he comunicado con ellos.

Su experiencia ha sido que cada principio vivido  se ha traducido en un don de amor que sus esposas han acogido y hecho propio, regresándolo a su vez  como un  don de ellas. Un intercambio  que los ha ido entrelazando.

Que más de una vez no lo han logrado del todo, pero lejos de desanimarse, lo suyo es volver a empezar… con más experiencia, más humildad, más amor.

Ahora están seguros de que responderían afirmativamente en la segunda pregunta.

Por Orfa Astorga de Lira.

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